domingo, 22 de noviembre de 2015

Aristóteles - Ética a Nicómaco (Libro IV: Examen de las virtudes éticas).

Los valores tales como la generosidad, la magnanimidad o la amabilidad son contrarios a otros como el pudor, la avaricia o la vergüenza. Esto ha sido así hasta nuestros tiempos y hacemos de todo obtener los buenos y evitar los malos. ¿Tendrán vigencia las definiciones de dichas virtudes y vicios hasta el día de hoy? Probablemente sí, pero lo controversial no sería preguntarnos por tales definiciones, lo importante sería ver si aún somos capaces de guiarnos por el recto camino. Analicemos las distintas definiciones de las mencionadas virtudes éticas que nos presenta el gran Aristóteles en esta cuarta parte de la Ética a Nicómaco. 

Definiciones:

(1) Asotía: también entendida como pérdida. 

Referencias:

(1) En el libro anterior decíamos que algunas veces, el exceso se acerca mucho más a la virtud que el defecto. 
(2) Aristóteles menciona la ironía de Sócrates al decir que no sabía nada, cuando en realidad sí sabía. 

Ética a Nicómaco


LIBRO CUARTO: EXAMEN DE LAS VIRTUDES ÉTICAS

Capítulo I: Generosidad


La generosidad como virtud ética es un término medio ubicado en el concepto de dinero o riqueza. Este concepto se vincula con la dicotomía dar/recibir, por supuesto, la generosidad está enfocada más en dar que en recibir. 

Los extremos que están en la generosidad son la prodigalidad y la tacañería. La prodigalidad (Asotía)(1) se representa en las personas que son proclives a gastar su dinero en cosas superfluas, los llamamos pródigos. Este tipo de hombres son los que despilfarran sus ganancias hasta destruir su propio patrimonio por los vicios a los que están sometidos. Las prodigalidad se enfoca en dar y no en recibir, mientras que la avaricia (o tacañería) se enfoca más en recibir excesivamente. 

La avaricia en cierto sentido es un vicio que no tiene remedio. Cuando los hombres envejecen parecen más proclives a cometer avaricia que prodigalidad. Por otro lado, solventar la vida con ganancias vergonzosas (robo por ejemplo) es propio de un avariento, pues estos no dan nunca y reciben de todo sin importar la fuente donde extrajeron las riquezas.

De este modo podemos observar que el pródigo está mucho más cerca de la virtud que el avaro(1)

Uso del dinero

Para llegar a ser generoso se debe hacer un correcto uso del dinero; obviamente, quien lo use mal (se lo procure excesivamente o lo despilfarre) caerá en unos de los dos vicios. El uso del dinero en cuanto al generoso debe ser ''dar a quien conviene'', ''no recibir de quien conviene'' y ''ganárselo como se debe''.

La acción de dar y recibir

Dar es una acción relacionada con el bien, así como también lo es la honestidad. Más alabado es quien da que quien recibe. 

Se podría pensar que no recibir dinero es un gesto de generosidad, pero la verdad es que estos hombres que no reciben dinero son más tenidos en cuenta más por ser justos.  

Cuando el generoso tiene poca fortuna y aun asi da, éste será más generoso que un hombre que tenga mucha fortuna y de poco. Aunque el nivel de generosidad no se mide por cuanta cantidad se de, sino más bien por el mismo hábito de dar.

Capítulo II: Magnificencia

La magnificencia también es entendida en el sentido de las riquezas, como lo es la generosidad, pero la magnificencia supera a la generosidad en virtud. 

Esta virtud tiene que ver con el gasto que conviene al hombre y que por lo tanto lo hace grande. Sin embargo, la magnificencia como gasto puede diferir de hombre en hombre; por ejemplo, el gasto del capitán no será el mismo que el de su flota. Quién gasta su fortuna en cosas que no tienen mucho valor, no se le llama magnífico. Su defecto es la mezquindad y su exceso es la ostentación

El hombre magnífico

Este hombres es aquel que sabe cómo gastar su riqueza (traducidas en grandes sumas de dinero) en lo que conviene. También, dichos gastos se deben llevar a cabo de forma discreta para no caer en el extremo de lo ostentoso.  

Los gastos del hombre magnífico deben estar relacionados con cosas nobles, haciéndolo con buena disposición. Podría pensarse que esto pertenece a la generosidad, y sí, pertenece a aquella pero en un nivel mucho más alto. Un pobre nunca podrá ser un hombre magnífico, pues no tiene el dinero suficiente para hacer un gasto importante. 

Capítulo III: Magnanimidad

Es magnánimo cuando se pretende cosas grandes y así lo acredita, mientras que el que no pretende cosas grandes, pero que sí las tiene, entonces es llamado varon discreto. La fortuna del magnánimo se tiene que condecir con la virtud del mismo. No porque tenga grandes fortunas se le podrá decir magnánimo, sino que necesita como requisito indispensable la virtud.

La diferencia con la magnificencia es que ésta está más relacionada con las riquezas y la magnanimidad con el honor y el prestigio.

El hombre magnánimo

Para alcanzar la magnanimidad es necesario que el hombre tenga dignidad en las cosas que pretende, y que también considere el honor como un objetivo importante. El magnánimo es el que prodiga beneficios a los demás y no recibe beneficio alguno de los otros porque de recibirlos, entonces se le debería considerar inferior. Tampoco puede vivir a expensas de otro, puesto que esto es costumbre de hombres inferiores, el magnánimo debe ser autosuficiente. 

Por lo tanto, los hombre magnánimos no pueden ser malos, sino absolutamente virtuosos pues el honor es parte de la virtud acaso la virtud misma. Las cosas que le gusten y que le son dignas de desprecio deben ser conocidas por los otros, ya que el hombre magnánimo no tiene vergüenza ni mucho menos miedo de demostrar sus gustos. 

Actitudes

Debe ser un hombre pausado, de voz grave y sosegado. Al contrario de los hombres de poco ánimos o soberbios que serían los extremos de éste.

Capítulo IV: Ambición

La ambición parece ser un extremo común entre la magnanimidad y la magnificencia. Muchas veces también se elogia al hombre ambicioso, pues puede tener tanto riquezas como honores pero para diferenciar eso hay que ver como se procura dicho honores y riquezas. 

Capítulo V: Mansedumbre

La mansedumbre es el término medio de la ira, pero no podemos decir (o más bien no tiene nombre) cuál es su defecto. Aristóteles nos dice de todas formas que el término medio de la ira es difícil de definir, pero como pareciera no haber otra palabra, éste dice que es la mansedumbre. 

La diferencia entre la mansedumbre y la irritabilidad consiste en que el hombre manso se enoja en el momento adecuado, de la manera adecuada y con la persona adecuada. Algo que por lo demás es tremendamente difícil. Los irascibles hacen todo lo contrario de los mansos, es decir, se enojan en el momento equivocado, con la persona equivocada y de la manera equivocada. 

¿Qué hacemos entonces? ¿cómo podemos escoger el momento apropiado? La única forma que menciona Aristóteles es acercarse lo más posible al término medio. ¿Cómo? si nos enojamos en el momento menos adecuado, ojalá pudiera ser con la persona correcta, así nos iremos acercando al término medio, aunque aún así es difícil.

Capítulo VI: Amabilidad

La amabilidad es un tipo de agrado que frente a otras personas, la sensación de dicho comportamiento las hace sentir bien. En cambio, tenemos el extremo de la amabilidad donde se encuentran las personas que suelen contradecir todo y además de siempre alentar las disputas, a estos los llamamos amigos de la contienda

Ahora, amabilidad no quiere decir que se tenga que ser conformista o dar siempre la razón a la gente, al contrario, se debe tanto refutar como felicitar cuando es necesario. Aunque pese ser crítico de un amigo, de un familiar, o de un alumno, es necesario que para ser amable se tenga que pesar las consecuencias. Por ejemplo, si doy la razón a un perezoso de su actividad, entonces no estoy siendo amable, lo mismo va con criticar a alguien excesivamente y sin razón aparente más que la cólera. 

Capítulo VII: Sinceridad

El término medio entre la arrogancia y la disimulación es la sinceridad. El arrogante ostenta y presume bienes que no tiene, y si tiene bienes, los engrandece excesivamente cuando en realidad no son así. El disimulado dice no tener bienes cuando en realidad si los tiene, es decir, esconde lo que tiene. 

Más que la moderación la sinceridad tiene que ver con la verdad. Los extremos de la sinceridad son las mentiras; el arrogante dice cosas que no tiene y el disimulado dice no tener bienes que en realidad sí tiene(2). El hombre sincero debe decir la verdad sólo cuando esta nos es motivo de honor y no cuando se saca ventaja o una conveniencia vergonzosa. 

Capítulo VIII: Agudeza/gracia

La agudeza está vinculada con la gracia hablada en el libro dos de la Ética a Nicómaco. Está en medio de dos extremos llamados tosquedad y bufonería. Pasa que muchas veces los bufones son más apreciados que los graciosos, pues estos causan más risas que los últimos. 

Sin embargo, la bufonería tiene mucho menos tacto que la gracia. Esto se puede ver en las comedias griegas donde todo, a veces incluso lo sagrado, es expuesto a las más vergonzosas burlas a través de la parodia. El bufón hará reír a cualquiera a cualquier precio. 

Capítulo IX: Pudor y vergüenza

Estos dos conceptos, por supuesto, no son virtudes. Se les considera como extremos. 

El pudor es una afección corporal que tiene que ver con el temor a sufrir algún desprestigio o a la muerte. En los niños, el pudor es mucho más frecuente, puesto que los niños son más proclives a cometer errores y por tanto, experimentar esta clase de fenómenos; no debe ser condenable que un niño tuviera pudor, al contrario es objeto de alabanza. 

Lo que no sería digno de alabanza sería que un hombre tuviera pudor porque esto sería señal de acciones vergonzosas, mucho menos digno de alabanza que el pudor se presentara en los ancianos, puesto que estos tienen más experiencia. 

Conclusión

Otra de las clasificaciones ya acostumbradas de Aristóteles. Vemos aquí un claro ataque al maestro de su maestro, pues Sócrates usaba la ironía para refutar a sus contrincantes. Si lo vemos desde una perspectiva estrictamente objetiva, Sócrates sí tenía ciertamente sabiduría pero la ocultaba a través de su ironía; en palabras de Aristóteles, un disimulado. Pareciera ser que el camino más recto es guiarse por el término medio en todos estos conceptos, en efecto, es ahí donde se encuentra la deseada virtud. ¿Qué hacer si ya caemos en un exceso? dirigirnos en la medida de lo posible al término medio. Sin duda, una tarea muy difícil en la vida. 

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